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Octavio Aldaz lleva un año con la vida rota. Un juguete que se deja mecer por la desesperación. Han pasado 365 días desde que su hijo recibiera una dosis de quimioterapia diez veces superior a la correcta en el Hospital la Fe. Un corazón partido en mil pedazos. Mil recuerdos unidos en un solo llanto, imposible de contener. El tiempo no le calma. Demasiada pérdida para encontrar consuelo. “Él ha pasado a ser mi símbolo, un héroe”, suelta como quien homenajea a quien ya se fue.

Pero no se rinde. No puede. Ahora la memoria de su hijo se dirime en una batalla judicial que se encuentra atascada. Un año se cumplió el pasado viernes de la muerte del niño en el centro hospitalario. Y ni los padres ni su abogado disponen todavía del resultado de la autopsia judicial. Un examen que deberá determinar si la dosis -diez veces más alta- resultó letal en el cuerpo de Dariel.

A Octavio le pesa casi más la incertidumbre que la ausencia de su hijo. El deseo de tener una respuesta. De cerrar el asunto judicial de una vez por todas. De enterrar la tragedia con certezas. “Que salga la verdad, que se reconozcan las mentiras”, suspira.

Fuentes del Tribunal Superior de Justicia admitieron esta semana “que el informe definitivo de la autopsia todavía no está listo”. El forense envió unas muestras a una laboratorio de fuera de la Comunitat -Madrid o Barcelona- para la realización de las pruebas. “Y los resultados llegaron el pasado jueves”, añaden las mismas fuentes. A partir de estos datos, ahora se tendrá que realizar el informe de la necropsia. Desde que Octavio presentara la denuncia en el Juzgado de Instrucción número 9 el 5 de septiembre de 2007 se ha cumplido ya un año.

Octavio y su abogado siguen en la brecha. Se trata de “una prueba fundamental” que acumula ya demasiado retraso. La autopsia determinará si la sobredosis de doxorrubicina que recibió el menor fue determinante en su fallecimiento. Los padres así lo creen, ya que Dariel, de dos años de edad, llevaba ocho semanas de tratamiento en el hospital La Fe, y hasta el día que recibió su última medicación “todo marchaba bien”.

El último día varios indicios despertaron las sospechas de los padres. Todo se confirmó después, tras la repentina muerte, cuando parecía que Dariel se recuperaría de su cáncer de riñón, una enfermedad en la que el paciente tiene un 70% de posibilidades de salir adelante. Cuando ellos ya pensaban en la recuperación, Dariel se escapó de la vida. Por un error, un fallo de los que nadie se explica. Pero sucedió.

“Le habían puesto demasiadas bolsas y demasiado líquido”, recuerda Octavio de aquel día. Uno de los cuatro sanitarios imputados por el fallecimiento reconoció que primero había pedido 165 mg de doxorrubicina. Pero después corrigió su versión y sostuvo que había solicitado 16,5 mg y que alteró la hoja de prescripción tras la muerte del pequeño al poner el decimal. Una coma fatídica.

Y esto también pesa a los padres, el intento de los sanitarios de evitar las responsabilidades. Los errores quedaron aclarados en un informe de la Conselleria de Sanidad, que el departamento elaboró a los pocos días de la muerte de Dariel.

El documento acredita que hubo un “error de prescripción inicialmente negado por el doctor en su primera comparecencia”. Días más tarde llegó la rectificación, el arrepentimiento, el pesar. El propio facultativo reconoció que, motivado por una actitud impulsiva y de nerviosismo, que fue incapaz de controlar, hizo lo siguiente: “Aseguré que la coma (de 16,5 mg) se había realizado el mismo 4 de septiembre (día en que se trató al menor), cuando en realidad corregí la hoja de quimioterapia el día 6 de septiembre (tras el fallecimiento)”, admitió el profesional.

El juez imputó al oncólogo que ordenó la dosis del menor, al médico encargado de supervisar la idoneidad de la prescripción, a un farmacéutico y a un enfermero. La Conselleria de Sanidad ya informó en su día que no adoptará ninguna decisión hasta que no exista una resolución judicial.

Octavio ha montado un negocio en Vila-real. “Perdí bastante dinero al cerrar una cafetería” Pero el dinero, evidentemente, carece de valor para él. Y si lo tiene es mínimo. El recuerdo de su hijo, por lo menos, ya no le traumatiza. “Lo del suicidio ya se me ha ido de la cabeza”.

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